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POR QUÉ ESCRIBO

Estoy sintiendo el brote de una nueva semilla en mi, quizás no es nueva, quizás estaba congelada esperando la ocasión. Esta semilla carga una fuerza sobrecogedora que sobrepasa mi comprensión. No puedo vislumbrar aún la planta que crecerá y se mostrará ahí.

Tal vez la edad, la experiencia… permiten ahora vislumbrar algo y lo que se muestran son las trabas que no dejaron nacer antes el poder y la fuerza que me abrasa.

Por ahí escuché que cuando se escribe se hace por puro placer y alguien lo debatió aludiendo que eso no es cierto, que se escribe porque se tiene algo que decir. No sé cuál guarda la verdad, me está pareciendo que los dos aspectos son ciertos. Escribo, porque al hacerlo, primero me ordeno, y segundo me permite expresarme. Ordenar me produce placer, una cierta satisfacción, un desahogo. La otra parte es la de la expresión, pero esta necesita verse reflejada como un compartir. Es como la luz de ser conciencia que se expresa sin razón sin embargo se reconoce a si misma como existente gracias a que se refleja en el espejo de la mente. Así es como escribir puede que sea solo una acción de expresión pero quedará latente la necesidad de satisfacción plena y total mientras no haya eco, para que escribir sea también comunicar y recibir el reflejo que demuestra que no solo se está diciendo, sino también compartiendo.

Lo que digo muchas veces no resuena, no produce eco. Me pregunto por qué. ¿En qué sentido se hace lejano al lector de estos textos el contenido que presento? A veces me desalienta, me digo: tengo esta necesidad aún de seguir escribiendo, pero ¿qué sentido tiene si no toco a alguien con ello? A veces supongo que lo que digo no se comprende, otras que su fuerza es demasiado arrolladora, aniquiladora, sin dejar oportunidad para el intercambio. Me sobrepasa. Entiendo que hay una cantidad de cosas que van determinando la manera como digo lo que digo, y deshacerme de ellas, limpiar el modo, no sé cómo permitir que suceda.

Es más fácil ver lo externo, describir los hechos. Contar una historia. Supuestamente más fácil, porque no habría involucramiento, necesariamente, de la fuerza psicológica que suele acompañar la experiencia de vivenciar un hecho o una historia. Sin embargo cuando un cuento se narra destacando la emoción y la cualidad psicológica de cada vivencia se hace más vivo y cercano. Es más completo. Un personaje no puede desligarse de su emocionalidad y una historia no es tal sin personajes.

Ya esto me va quedando más claro. La doctrina Advaita ha sido una adecuada descripción de lo que he comprendido acerca de mi verdadera naturaleza. Como doctrina, como enseñanza, como algo que muestra (enseña) me parece fabulosa… mas reconozco que hasta un cierto punto. La realidad no puede encasillarse dentro de ninguna doctrina y menos aun cuando la realidad que se comprende está más allá de la tendencia estructuradora de la mente. Toda doctrina es una estructura de enseñanza que puede ayudar si está bien dirigida, aunque también puede trabar porque en las estructuras mismas se encuentran las trampas que encasillan la libre y completa comprensión.

Ahora, iré al punto que me concierne en este momento. Si al comprender la naturaleza de ser se descubre la no existencia real (que se sostenga por si sola) de la persona, si al comunicar esta avasalladora revelación uno se desprende de la persona, el que escucha, enmascarado como se encuentra dentro de su personalidad, no puede, de ninguna manera, ni asimilar ni aceptar este enunciado: la persona es irreal. La exposición que se entrega a este que escucha hay que aliñarla de persona, de cuento, de historia llena de todo lo que concierne al ser manifestado. El ser manifestado es como el reflejo de la luz en un espejo, es decir, lo esencial se manifiesta como una persona, una identidad, en el caso de lo humano. Y como animal, planta, mineral y todo lo existente, en el resto de las cosas de este universo. Ahora me interesa lo humano, porque es donde nos ubicamos.

Nuestra humanidad es compleja. Es el vestido con que la luz se mueve dentro de si misma, con hilos tejidos de tiempo y espacio. (Nuevamente no se quien va a entender esto, necesito salirme de tanta profundidad, a ver, de nuevo lo intentaré).

Sabemos que somos, sin ninguna duda. Podemos percibir y darnos cuenta de la solidez de nuestro cuerpo y de las no tan sólidas emociones que nos movilizan energéticamente. Sea como sea,  nos percibimos a nosotros mismos como una densidad que se mueve en el mundo y que recorre el tiempo, sometidos a la impresión constante de experiencias que dejan huellas en esta masa de cuerpo y psique. Huellas de la edad, huellas de recuerdos dolorosos y placenteros. Estas huellas van moldeando el paquete que parecemos ser, van dando forma y produciendo maneras de ser. Estas maneras perfilan nuestras personalidades. Nos identificamos, armamos identidad con ellas. En base a esta identificación resonamos con unos o con otros. Así que cuando se plantea que no somos estas identidades perdemos el piso donde sostenemos toda la comprensión de las cosas que vivimos. Y aquí, o se penetra en el territorio de la investigación, o la comprensión queda perdida al azar de las vivencias, sin anclas que ayuden a la irreprimible capacidad de la mente de concebir y racionalizarlo todo.

Por eso la labor de compartir la comprensión de lo real es difícil, muchas veces complicado, generalmente muy lento, y la mayoría de ellas es desalentadora. Además, aquí también está la masa llena de huellas de existencia, de condicionamientos, de yo. Digo que mi comprensión me sobrepasa cuando la veo a través de este yo marcado por las huellas. Cuando no hay este yo, cuando hay placidez total, ni siquiera hay necesidad de escribir. Así que comprendo la dificultad que se plantea al pretender deshacerse de un yo que no puede desaparecer, porque cuando se dice yo, se está apuntando de dos maneras posibles: yo como esencia (donde no existen dos, tú y yo) y yo como persona. Así que siempre hay yo, porque siempre hay ser, y no hay otro ser que yo mismo, es decir, si yo no existo, ¿qué otro ser puede existir? Obviamente al escribir, si está presente la mirada desde lo esencial, basta escribir sin necesidad de recibir respuesta, y si está presente la mirada desde el yo dual, entonces junto a ello surge la necesidad de un compartir de doble vía. Es ahí donde surgen la inestabilidad, el deseo, la movilización. La manifestación es inestable, por eso siempre está en movimiento, nada queda fijo, absolutamente nada. Solo la existencia misma es eterna, la existencia de todo lo posible, la conciencia plena de todas sus posibilidades, de todos sus contenidos, es decir, de todas sus manifestaciones en movimiento constante, por siempre.

Hasta aquí llegaré por hoy. Y recibiré de muy buen grado cualquier comentario que muestre que alguien leyó todo esto hasta el final, que sea como un juego de ping pong, donde vea que alguien ha recibido alguna comunicación, ya que yo soy, tanto lo esencial eterno que todos somos realmente, como la persona que es humana, sensible y con necesidad de compartir.

Maria Luisa

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