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Los perros de la mente ladran

Silencio en la nada, conciencia de ser plenitud

Espacio silencioso y luz

Soy todo y todo es mí mismo. El mundo aparece real y es solo una ilusión proyectada en la pantalla de la conciencia. El agua no teme al agua, ni el fuego al fuego, de igual modo, no aparece el miedo ante una ilusión creada por mí, pues no soy nada que pueda sentir. Ser no pertenece a los estados de la mente. Ser contiene todos los estados, incluso el más demandante y corriente: el estado egocéntrico, tan habitual que la mayoría supone que es el estado normal de vivir. Lo que soy no tiene forma, ni nombre, nada soy. El apego al nombre y la forma se alimenta de miedo, y dado que soy nada no tengo apego pues la nada no teme a la nada. Aunque todos la teman, la nada toca la nada y se transforma en nada.  La normal experiencia de la libertad, o la transparencia de la propia mente en niveles más profundos, puede parecer comprensión pero es solo autoafirmación y engaño protector del ego, ya que la misión de este ha sido diseñada para proteger el instrumento de expresión. Si desapareces en el silencio, uno ya no es conciencia centralizada, en el mismo sentido en el que un río ya no es cuando se sumerge en el mar. El nombre, la forma, ya no son, pero el agua permanece y se aúna con el océano, siendo Conciencia de Ser en Plenitud. R.Malak

 

 

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Aespacial y atemporal. R.Malak

Foto: Isabel Obeso

Típico de la mente es ponerle nombre a las cosas, o sea, conceptuar. Incluso esta instrucción se despliega en el Génesis (2,19-20).
Eso sí, que el nombrar no puede ir más allá de la mente. Es el ego, con su cualidad identificatoria, el que clasifica y dimensiona. Todo este proceso lo deja archivado en la memoria para futuras referencias.
En este actuar, el ego permanece oculto por su propia cualidad de saturar la conciencia centralizada, no se presenta claramente ante la compresión, no está presente tampoco en forma directa en la observación y permanece oculto, dejándonos expuestos al dominio de la estructura establecida, al hábito y a la costumbre, lo que nos hace dependientes del deber ser. La cualidad de percepción de los objetos y de las cosas que tiene el ego depende del modo como cada persona conceptualiza y construye la vida fenoménica.
Cuando con la atención intentamos ver al ego, nos damos cuenta que no lo podemos encontrar en ninguna parte, porque el ego es como la sombra y la atención es como la luz (la luz no encuentra la sombra en ningún rincón). Por eso, cuando hablamos de conciencia pura y conciencia centralizada, nos damos cuenta que son idénticas, no hay diferencia excepto por la cualidad de la conciencia centralizada de usar la función de la mente para clasificar, dimensionar y guardar la información para futuras referencias, dejando cristalizado el presente con las referencias pasadas.
La felicidad esencial, propiedad de la conciencia indiferenciada, está más allá de todo concepto, no puede ser capturada por ningún concepto. Conciencia es percibir con una cualidad de observación que no requiere juicio. Es la felicidad del instante, la eternidad a través del viento que, como la conciencia, no tiene fuente de origen. La mente egoica, atraída por lo insensato tras el apego a las formas, moldea la pena y el dolor. De ese modo el ego – reflejo de la conciencia que se ha adicionado a la identidad enturbiada de tendencias y apegos – provisoriamente disuelve la paz en la confusión, como si con un movimiento se enturbiara el agua de un lago de transparente pureza.
Es similar a la historia de alguien que hubiera perdido su cartera, para confirmar posteriormente que la tenía en otro bolsillo. Al rescatarla verifica que es feliz, pero, de hecho, sólo ha certificado que nunca había salido de sus bolsillos. De igual modo se imagina que la felicidad se ha perdido, pero no se ha perdido nunca; la confusión se debe a la ignorancia. R.Malak

Las cosas pasan en la felicidad de Ser

Las cosas pasan en la felicidad de Ser
Las cosas pasan, el acontecer sucede. El brazo me pica, el ritmo cardíaco aumenta o disminuye, la placidez se muestra o la inquietud toma su lugar. Si me defino con cualquiera de ellos, digo: como estoy agitada algo pasa conmigo, o como estoy en paz estoy espiritualmente bien, pero lo que está realmente sucediendo es que hay tranquilidad en el cuerpo o no la hay, hay lentitud en los pensamientos o hay agitación… soy quien lo ve. Ahora, hacer esta revisión en forma racional, y quedarse allí, es como actuar como una máquina, imponer la razón y explicar las cosas. No se trata de eso porque sería quedarnos en la teoría, una comprensión mental.
Lo acogedor de ser real no se desvincula del sentir…. Acoge todo el despliegue de lo que sucede, porque aunque no se entienda, aunque no se acepte esto: todo lo que sucede es un movimiento en la conciencia que soy.
Las muchas voces del pensamiento se presentan una y otra vez, y esto parece suceder en la cabeza. Es como si estuvieran unos enanos planteando alternativas entre las neuronas. Este es un símil infantil, pero me hace mucha gracia porque ilustra bastante bien una experiencia que todos reconocemos, y ¡cuántas veces ha sido usado por los creadores de dibujos animados y los creadores de fábulas e historias!
La confusión y fragmentación de esas muchas voces que conversan en mi, está dada por la tendencia habitual de los procesos racionales para darme una identidad en el mundo. Para saber quién soy frente a los acontecimientos, poder decir quién soy con este cuerpo se recurre a la memoria, a los datos, para formar mi identidad: nombre, dónde vivo, dónde nací, qué hice ayer, quienes son mis amigos, mi familia, los nombres de mis padres, a qué partido político me suscribo, dónde y qué estudié, a qué me dedico. Incluso qué es lo que estoy esperando del futuro, cuáles son mis deseos y cuáles son también mis ideales de ser y de vida. La identidad alberga, además de datos personales, una serie de premisas acerca de lo que debe ser y lo que no, lo que es bueno y lo que es malo, ideales.
El hecho de simplemente ser, incluso de sentir este ser en el mundo, en el tiempo, en el espacio, simplemente ser sin etiquetas, es inaceptable para el proceso racional que necesita objetivar mi identidad. Una vez noto un cuerpo entre otros cuerpos, un mundo donde me encuentro, aparece con ello la necesidad de saber quién soy, a diferencia de las otras cosas que observo. Sin duda sé que yo soy, pero apremia la urgencia de definir eso que soy, por el simple hecho de que estoy en la convicción de que aparte de mi hay muchas otras cosas que también son, y si no me defino me siento perdida entre ellas.
He tomado el mundo por real y la vigilia como el estado auténtico. Además estoy en el convencimiento de haber nacido y que tengo un tiempo hasta que un día muera. Una vez asumido eso sucede lo siguiente:
Para moverme en el mundo requiero inevitablemente una identidad. Sobre todo en este mundo tan complejo. La identidad protege no sólo sus ideas, sino que tiene la función de proteger todo el instrumento biológico y sicológico, protegerlo de otras personas que con sus actos muestran avaricia, deseos egocéntricos, manipulaciones, tratando de imponer su poder por encima de los otros. Entonces hay un manejarse ante todo esto para no ser víctima del abuso. Cuando estoy convencida de haber nacido, me planteo que si he nacido con la opción de la libertad para percibir mi vida en un mundo hermoso, un planeta lleno de bendiciones, un universo de estrellas que adorna las noches, es una oportunidad de disfrute de esta vida de tiempo, espacio, lo que llamo realidad y que no noto que es una emanación consciente. Entonces no puedo admitir que por asuntos de poder egocéntrico de otros se me pretendiera privar de esta ocasión sin igual. Así que también por eso la identidad se forma, y dentro de un mundo de egos yo sostengo un ego que interactúa con ellos. Ante esta mirada de haber nacido espero tener la ocasión de disfrutar lo que el mundo pueda ofrecerme. Se sostiene la búsqueda de la felicidad que las experiencias de interacción con mi cuerpo, mi mente, mis emociones, las personas y el mundo, puedan darme. Así, busco ser feliz dentro de todo este envase consciente que me presentan las alternativas de esta identidad. Busco ser feliz con las personas, con los logros, con los placeres, con un evento, con las experiencias mentales, con la meditación, con las relaciones amorosas, con el éxito. Y al final con todo ello sigo construyendo estructuras de mi identidad para llegar a ser el ideal: una persona feliz.
¿Qué pasa con el jnani, el sabio, el comprensor, el realizado, ante esta cuestión?
Ha descubierto que el mundo no es lo real y que la vigilia tampoco. Ha comprendido estos como emergencias en la conciencia, y se sabe a sí mismo como el observador de la conciencia y como la Conciencia misma. Se sabe a sí mismo como el observador de los procesos de su cuerpo, de las funciones mentales y emocionales. Ha descubierto cómo estas emanaciones conscientes están dando un aspecto de realidad a su aparente existencia temporal y espacial. Ha comprendido, y se encuentra, en una perspectiva tal de observación, que absolutamente todo lo percibido está sostenido en su propia percepción. Tal comprensor tiene varias opciones ante el despliegue de todo lo existente, y esas opciones se van dando de maneras distintas según los diferentes casos. Son opciones de cómo moverse, cómo mover esta corriente de conciencia que es a su vez contenedor y contenidos, es decir, si mismo y personalidad manifiesta. Lo que sí es claro, es que se sabe a sí mismo como estando aparentemente en el mundo, pues así se muestra toda la percepción, pero no pertenece a ese mundo. Tampoco es que pertenezca a otro mundo, sino que ha visto y comprendido, asumido en forma absolutamente clara y cierta, que cualquier mundo es, no otra cosa que, una serie de percepciones conscientes que se dan forma ante la Presenciación. Por tanto todos los mundos posibles están en Si mismo, sostenidos en la Conciencia.
El que así comprende, se mueve en el mundo jugando el juego, asumiendo la identidad que se requiere, la que está formada por las consecuencias de la genética de ese cuerpo, de la educación recibida, el medio ambiente donde creció o donde vive, la cultura del lugar y los juegos que se dan entre las variadas identidades de las personas con que convive. Juega el juego, se viste temporalmente con una identidad, sabiendo que eso no es si mismo. Lo sabe, lo asume y lo vive, porque ese traje de persona ya no es más un velo que separa la realidad de lo que es de la variedad aparente de lo que no es. El mundo, como movimiento consciente es apreciado como una virtualidad que está sostenida en la conciencia, como una emanación de si mismo y por tanto no distinto de si mismo en esencia. Es pura conciencia en movimiento, presenciada desde si mismo. Si mismo que no tiene ubicación real, sino una ubicación aparente desde un cuerpo con el que se adquiere una perspectiva del mundo y el universo. Por eso el cuerpo, la mente y las emociones son instrumentos de percepción, son instrumentos o funciones de conciencia, no distintos de la conciencia misma, que otorgan un sentido, un punto de vista. Limitarse a dicho punto de vista es como mirar un paisaje siempre desde una misma ventana. Desprenderse de esa limitación equivale a salir de la casa y observar el paisaje ya no a través de la ventana, sino siendo uno con el paisaje. No dos, yo y lo observado, sino simplemente lo que Es. Al mirar de nuevo a través de la ventana de la persona, la comprensión y la felicidad de esta comprensión no se escabullen necesariamente, aunque sí podrían velarse mientras no se asienta por completo la maestría de la toma de conciencia de si mismo, es decir, que ya lo virtual no ocupe un lugar como si fuera real.
La felicidad, el sentir, ananda.
Ser Conciencia Felicidad, Sat Chit Ananda. Esta frase apunta a que sé que soy y siento felicidad en ello. Antes describí cómo la razón impone la necesidad de definir lo que soy dentro de un mundo donde estoy, y que en ello la felicidad, que es inherente a si mismo, queda oscurecida por la idea de que hay que encontrarla en las experiencias de interacción con ese mundo que he tomado por real y como diferente de mi. También describí que el sabio sabe que no es diferente del mundo, pero me falta decir que el sabio también goza esa felicidad inherente en si mismo, porque ya no la busca en las experiencias pero no evita las experiencias que el cuerpo tenga, sea cual sea la emoción emergente. El sabio que sabe lo que realmente es, comprende la relatividad del mundo manifiesto y la volatilidad de las emociones transitorias, y siente la felicidad de ser sin necesidad de etiquetarse y fragmentarse entre identidad y mundo, ni de definirse en base a ninguna emoción que surja o ningún hecho que parezca acontecer. Por eso, esta comprensión no sólo se muestra conduciendo la racionalidad, sino que está impregnada del sentir, un sentir que no es emoción motivada por las glándulas endocrinas, sino un sentir que es sentimiento profundo, inherente, unido a si mismo o no distinto de si mismo. Es un sentir pleno de si, felicidad a tope, paz total. Hasta que el sentir felicidad no esté aunado al saber de lo real, la duda puede surgir. Porque la felicidad es como el pulso mismo del corazón, es nuestra condición natural de ser y mientras queda oscurecida por la separación entre yo y mis experiencias, sigue dándose la necesidad de reconocerla. Es preciso penetrar profundamente en la comprensión y a la vez permitir que se muestre la brillante realidad del Ananda, el feliz placer de ser, que muestra que no hay ninguna necesidad de completarse con definiciones, logros, éxitos o transformaciones, ni ninguna clase de experiencia, porque lo que soy ya es pleno, siempre lo ha sido. Lo que soy no está condicionado por el nacer o el morir, no está clasificado por ninguna idea o juicio, no es dependiente del acontecer… y no se alcanza porque ya es. No sucede en el tiempo, sino que es lo que presencia el tiempo, el devenir, la manifestación consciente de la existencia de todas las cosas en si mismo y como expresiones de si mismo.
La mente produce la confusión, pero al principio la misma racionalidad me trae de regreso al punto en que me des-identifico… esa comprensión cierta de que no soy el cuerpo, no soy las emociones, no soy las acciones. La mente se puede considerar como nuestro más acérrimo enemigo o nuestro mejor amigo. Dejándonos encantar por las ideas, nos trae separación, pero usando la racionalidad de modo acorde, nos hace dueños del proceso. Usar la racionalidad en este sentido que nos lleva de la confusión a la luz, se refiere a haber aceptado la premisa del sabio: no eres el cuerpo ni la mente ni las emociones, haber comprendido enteramente lo que esto significa, y desde allí, proseguir en la entrega, la disposición, permitir que la gracia fluya y demuestre todo su esplendor de conciencia y ananda.
Al des-identificarme, al principio por medio de la comprensión racional, me entrego, y permito que fluya el sentimiento… esto es lo que se quiere decir que la mente pone el conflicto y la mente lo deshace. Ahí ya la mente está en su fuente y la identificación cesa. Se permite que el flujo de ser se demuestre como total, sin carencias, pleno como el corazón de todas las cosas.
Maria Luisa

Los bailes de Zorba el griego

Dice Zorba al final del primer baile: no, no estoy bien jefe, cuando un hombre está pleno, ¿qué le queda? ¡consumirse!
Dice luego… en medio del segundo baile: jefe, tengo tanto que decirle… nunca amé a un hombre tanto como a usted…. para, se acuerda y dice: ¡Ey jefe! ¿alguna vez ha visto un desastre más esplendoroso?

¡Las cosas pasan en la felicidad de Ser!

Integridad, coherencia y certeza.


El tránsito por la vida, cuando a esta la considero separada de mi, y cuando vivo en la esperanza de ver mis sueños cumplidos, se hace difícil, trabajoso. Cuando cargo con toda la responsabilidad, considerándome un ser humano mortal, asumo una lucha por la supervivencia y el logro de la felicidad que muchas veces sobrepasa mis posibilidades.
Sé que algunas personas, llegadas al límite, se apoyan en Dios, los santos, los sabios, o algo más allá, trascendental, a quien le rezan y piden, o le entregan la carga. Otros son escépticos y no logran esta entrega, no encuentran alivio aunque sea temporal. Notando uno y otro casos,  les voy a relatar lo que veo, invitándolos a tener paciencia y no descorazonarse si la primera lectura resulta fuerte.
La realidad de ser siempre la tengo por delante. Soy, ¿cómo dudarlo? “Soy”… pelado, desnudo, sin añadidos. ¿Quién puede dudar eso? Manifiesta en el mundo fenoménico me he vestido de tiempo y espacio, abriendo la posibilidad inherente a la razón pura con sus limitaciones, y también a la intuitiva sabiduría de que soy más allá de esas limitaciones.
En el presente activo, dejando de lado el pasado, el futuro o la idea de que el tiempo transcurre, se genera la comprensión de que el pensamiento racional ocurre con forma de esquemas, estructuras que modelan los modos de relacionarse con la vida. Se comprende cómo ocurre la primera fragmentación, la aparición del ego, cuando me identifico con un objeto que camina por el mundo del tiempo y el espacio, desapercibiendo que estos son sólo vestidos transitorios.
Considerándome un objeto veo la vida como algo separado de mí, algo que obtuve al nacer y que perderé al morir, suponiendo que la vida continuará sin mí. He olvidado que soy la Vida, y me he identificado con un objeto finito. ¿Cómo ocurre esto? Ocurre al asumir la forma como mi identidad, el cuerpo, el equipaje de ideas y la tensión psicológica resultante del movimiento de esta entidad que se distingue de los demás objetos e identidades del mundo.
Esta identidad es como la tarjeta de presentación para moverme en el mundo de la dualidad, para permitirme la experiencia de la vida dentro de sus múltiples aspectos, como si lo Divino, Dios, estuviera permitiéndose el disfrute del sabor, del olor, de la visión de espléndidos paisajes, la experiencia de la pasión, del encuentro, del logro y del fracaso. Saborear los aromas de la vida, de lo natural, y también poder “ver” como la mente es capaz de elaborar tantos dibujos que pueden esbozar desde lo más sórdido hasta lo más sublime.
Sin embargo, moviéndome con la inseguridad que ofrece el limitado y transformable instrumento de expresión, si me baso en la certeza errónea de ser el cuerpo, el miedo y la duda son la carga más pesada. Una mirada estrecha que ha dejado de lado su propio centro inmutable, como haciéndose la ciega, olvidada de la absoluta integridad que impregna cada acontecimiento percibido. Como un caballo de carreras, con gríngolas a cada lado de sus ojos, sólo mira hacia la meta, hacia el ganar, el éxito, la fama. Como si en ello consistiera la vida y la razón de ser, suponiendo que la obtención del premio será dadora de toda la felicidad posible. En una carrera de caballos hay muchos en la lucha por el premio. ¿Acaso la felicidad le pertenecerá a uno solo?
La felicidad no es un producto, no es algo obtenible. Al menos la auténtica, esa que todos intuimos como posible y muchos creen no haber conocido. La felicidad es Ser, pero con los vendajes sobre los ojos sólo es posible ver sombras y se vive una inseguridad llena de la fragmentación que produce la duda, el miedo, la finitud.
Ser no es una alternativa, no se elige, se Es.
Reposa tranquilo y sin temor, échale una mirada atenta al torbellino, tranquilo porque es tan sólo como ver una película.
La realidad está detrás de los ojos, vendados o no, es la certeza de saber que soy, de saber que veo sombras, luz u oscuridad… de saber que soy esta presencia permanente. Ojos abiertos o cerrados, la Conciencia está de trasfondo. Experimentar esta constancia, esta permanencia, repentinamente puede permitir un resplandor que no es visible, sino que es como la llama del fuego que sale por los ojos, (abiertos o cerrados) y que ilumina cada percepción, cada pensamiento, cada sensación… este saber de las cosas existentes, esta eterna permanencia inmutable. Hay paz en ello, hay una felicidad indescriptible, un gozo que sólo cuando se deja de lado la duda, se muestra como esta Vida centrada, íntegra, completa, en la total comprensión de que todo aquello que existe, está ahí sólo porque lo percibo, lo veo, lo asumo, lo comprendo y le doy validez.
Dedicados a tratar de conocer la personalidad que se ha formado, creemos que así nos conoceremos a nosotros mismos. La personalidad es un modelo resultante de estructurar las ideas acerca de cómo soy, y creo que soy eso que expreso. El verdadero conocimiento de Si Mismo es saber de la eterna e inmutable Presencia que todo lo sostiene en la infinita Conciencia.
Desde ese eje, centro o corazón de donde irradia la expresión de la vida, como estando en el ojo del huracán, toda acción nace de la integridad de Ser, no dando cabida a la mentira, el engaño o la falsedad.
Coherencia entre lo que se piensa, se siente y se dice es luz que nace de Si mismo libre de confusión, confiado en ser, algo imposible de encasillar en algún concepto.
Lo que fortalece el ego es la creencia de que el cuerpo, la personalidad o la historia me definen, lo fortalece la sombra que generan las vendas de la ignorancia, de haber sido atrapado en un mundo de dualidad, separación, intereses, pérdidas y ganancias, miedos y dudas, verdades a medias, manipulaciones, mentiras, y sobre todo un engaño que conduce a la separación, un mundo al que le doy validez tan sólo porque creo que existe.
Sólo en mi está la libertad de observar la realidad o irrealidad de cada cosa, de cada idea, y principalmente, qué tan real es la idea que tengo acerca de lo que soy. Las ideas son eso, sólo ideas… la pregunta fundamental es: ¿quién presencia las ideas? ¿Es acaso esta Presencia anterior a todo lo que aparece y desaparece? Esta es una investigación valiente.
Esta indagación es mi invitación a que sea hecha, alentando de la manera siguiente. Cuando con todo el ser, corazón, inteligencia, ímpetu, deseo, anhelo, atención, énfasis, como si fuera lo único importante, como si la vida dependiera de ello, se acomete esta potente mirada, atrevida y sin miedo, se revela de inmediato esta dulzura de la flexibilidad, belleza y fluidez de lo que siempre ha sido. Y cuando sentimos que no podemos solos, en esta intensidad que nace como genuina, el universo mismo manifiesta lo necesario, ya sea bajo la forma de algún apuntador, algún libro, algún evento… la Totalidad está permanentemente aquí, como la Gracia que te mueve en el sentido de la verdad.
La felicidad siempre es presente, presente como regalo, presente como presencia… en esta ininterrumpida corriente de conciencia que es el puro y libre movimiento de Si Mismo, eternamente aquí, con o sin dualidad, con o sin opuestos, más fuerte y poderoso que ninguna causa o que ningún efecto.
Coherencia entre atención, sentimiento, sensación, percepción, conocimiento, acción… así es esta totalidad expresiva, como infinitos colores sucediendo en la luz.
Maria Luisa