Atrapados en la identidad egoica – 15 de Agosto 2016

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Desde el nacimiento, la enseñanza tradicional es que estamos en un mundo competitivo en el que nos enfrentamos a otros ajenos a nosotros. Aprendemos que lo de afuera es extraño a nosotros y eso lleva a establecer un enfoque hostil hacia el mundo exterior, considerando, por ende, que tenemos que conquistar el mundo, incluido el espacio. Dicho de otro modo, hacemos una guerra contra el mundo que nos rodea. Nacemos y desde ya se nos ubica de modo aislado, no nos vemos como surgir desde el mundo sino que venimos al mundo.

Aceptamos que el mundo cotidiano, con su encanto, induce a la búsqueda de logros, de objetos que las personas experimentamos, encontrando, la mayoría de las veces, más sufrimientos y conflictos que satisfacciones. Esta es una de las razones por las que llegamos a preguntarnos si existe algo permanente, que otorgue un descanso al miedo, la culpa, la inseguridad y la frustración, algo como el regreso a nuestro lugar de origen.

Todos, cual más o menos, somos partes que luchamos por igual tratando de conocer lo real. Dos personas con los mismos valores podrían, sin embargo, realizar elecciones diferentes en situaciones específicas. Esto no quiere decir que los valores no sean importantes para la decisión. Cuando tomamos la decisión de seguir una ruta casi nunca podemos decir exactamente por qué hemos elegimos ese camino y no otro, ni cuál ha sido nuestro proceso de pensamiento hasta llegar a tomar esa decisión.

La idea primaria del occidente es que todas las cosas, los acontecimientos, la gente, los montes, los ríos, los mares, las estrellas, los virus, los microbios, los insectos, los animales, las flores, han sido creados por la Divinidad, cuando más razonable sería decir que todo lo existente ha emanado de lo esencial, como manifestación centralizada de la conciencia, hasta que eso que llamamos divino como principio residente se despliegue en su totalidad.

Vivimos atrapados en la identidad egoica, apegados a mirar de un modo fijo, usando la atención como si fuera una linterna que alumbra exclusivamente lo que su luz enfoca. No detectamos la capacidad de observar sin juicio que funciona sin apego a la mente clasificadora y reguladora. Desconocemos esa infinita capacidad de ver desde Sí mismo. R.Malak

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