Las cosas pasan en la felicidad de Ser

Las cosas pasan en la felicidad de Ser
Las cosas pasan, el acontecer sucede. El brazo me pica, el ritmo cardíaco aumenta o disminuye, la placidez se muestra o la inquietud toma su lugar. Si me defino con cualquiera de ellos, digo: como estoy agitada algo pasa conmigo, o como estoy en paz estoy espiritualmente bien, pero lo que está realmente sucediendo es que hay tranquilidad en el cuerpo o no la hay, hay lentitud en los pensamientos o hay agitación… soy quien lo ve. Ahora, hacer esta revisión en forma racional, y quedarse allí, es como actuar como una máquina, imponer la razón y explicar las cosas. No se trata de eso porque sería quedarnos en la teoría, una comprensión mental.
Lo acogedor de ser real no se desvincula del sentir…. Acoge todo el despliegue de lo que sucede, porque aunque no se entienda, aunque no se acepte esto: todo lo que sucede es un movimiento en la conciencia que soy.
Las muchas voces del pensamiento se presentan una y otra vez, y esto parece suceder en la cabeza. Es como si estuvieran unos enanos planteando alternativas entre las neuronas. Este es un símil infantil, pero me hace mucha gracia porque ilustra bastante bien una experiencia que todos reconocemos, y ¡cuántas veces ha sido usado por los creadores de dibujos animados y los creadores de fábulas e historias!
La confusión y fragmentación de esas muchas voces que conversan en mi, está dada por la tendencia habitual de los procesos racionales para darme una identidad en el mundo. Para saber quién soy frente a los acontecimientos, poder decir quién soy con este cuerpo se recurre a la memoria, a los datos, para formar mi identidad: nombre, dónde vivo, dónde nací, qué hice ayer, quienes son mis amigos, mi familia, los nombres de mis padres, a qué partido político me suscribo, dónde y qué estudié, a qué me dedico. Incluso qué es lo que estoy esperando del futuro, cuáles son mis deseos y cuáles son también mis ideales de ser y de vida. La identidad alberga, además de datos personales, una serie de premisas acerca de lo que debe ser y lo que no, lo que es bueno y lo que es malo, ideales.
El hecho de simplemente ser, incluso de sentir este ser en el mundo, en el tiempo, en el espacio, simplemente ser sin etiquetas, es inaceptable para el proceso racional que necesita objetivar mi identidad. Una vez noto un cuerpo entre otros cuerpos, un mundo donde me encuentro, aparece con ello la necesidad de saber quién soy, a diferencia de las otras cosas que observo. Sin duda sé que yo soy, pero apremia la urgencia de definir eso que soy, por el simple hecho de que estoy en la convicción de que aparte de mi hay muchas otras cosas que también son, y si no me defino me siento perdida entre ellas.
He tomado el mundo por real y la vigilia como el estado auténtico. Además estoy en el convencimiento de haber nacido y que tengo un tiempo hasta que un día muera. Una vez asumido eso sucede lo siguiente:
Para moverme en el mundo requiero inevitablemente una identidad. Sobre todo en este mundo tan complejo. La identidad protege no sólo sus ideas, sino que tiene la función de proteger todo el instrumento biológico y sicológico, protegerlo de otras personas que con sus actos muestran avaricia, deseos egocéntricos, manipulaciones, tratando de imponer su poder por encima de los otros. Entonces hay un manejarse ante todo esto para no ser víctima del abuso. Cuando estoy convencida de haber nacido, me planteo que si he nacido con la opción de la libertad para percibir mi vida en un mundo hermoso, un planeta lleno de bendiciones, un universo de estrellas que adorna las noches, es una oportunidad de disfrute de esta vida de tiempo, espacio, lo que llamo realidad y que no noto que es una emanación consciente. Entonces no puedo admitir que por asuntos de poder egocéntrico de otros se me pretendiera privar de esta ocasión sin igual. Así que también por eso la identidad se forma, y dentro de un mundo de egos yo sostengo un ego que interactúa con ellos. Ante esta mirada de haber nacido espero tener la ocasión de disfrutar lo que el mundo pueda ofrecerme. Se sostiene la búsqueda de la felicidad que las experiencias de interacción con mi cuerpo, mi mente, mis emociones, las personas y el mundo, puedan darme. Así, busco ser feliz dentro de todo este envase consciente que me presentan las alternativas de esta identidad. Busco ser feliz con las personas, con los logros, con los placeres, con un evento, con las experiencias mentales, con la meditación, con las relaciones amorosas, con el éxito. Y al final con todo ello sigo construyendo estructuras de mi identidad para llegar a ser el ideal: una persona feliz.
¿Qué pasa con el jnani, el sabio, el comprensor, el realizado, ante esta cuestión?
Ha descubierto que el mundo no es lo real y que la vigilia tampoco. Ha comprendido estos como emergencias en la conciencia, y se sabe a sí mismo como el observador de la conciencia y como la Conciencia misma. Se sabe a sí mismo como el observador de los procesos de su cuerpo, de las funciones mentales y emocionales. Ha descubierto cómo estas emanaciones conscientes están dando un aspecto de realidad a su aparente existencia temporal y espacial. Ha comprendido, y se encuentra, en una perspectiva tal de observación, que absolutamente todo lo percibido está sostenido en su propia percepción. Tal comprensor tiene varias opciones ante el despliegue de todo lo existente, y esas opciones se van dando de maneras distintas según los diferentes casos. Son opciones de cómo moverse, cómo mover esta corriente de conciencia que es a su vez contenedor y contenidos, es decir, si mismo y personalidad manifiesta. Lo que sí es claro, es que se sabe a sí mismo como estando aparentemente en el mundo, pues así se muestra toda la percepción, pero no pertenece a ese mundo. Tampoco es que pertenezca a otro mundo, sino que ha visto y comprendido, asumido en forma absolutamente clara y cierta, que cualquier mundo es, no otra cosa que, una serie de percepciones conscientes que se dan forma ante la Presenciación. Por tanto todos los mundos posibles están en Si mismo, sostenidos en la Conciencia.
El que así comprende, se mueve en el mundo jugando el juego, asumiendo la identidad que se requiere, la que está formada por las consecuencias de la genética de ese cuerpo, de la educación recibida, el medio ambiente donde creció o donde vive, la cultura del lugar y los juegos que se dan entre las variadas identidades de las personas con que convive. Juega el juego, se viste temporalmente con una identidad, sabiendo que eso no es si mismo. Lo sabe, lo asume y lo vive, porque ese traje de persona ya no es más un velo que separa la realidad de lo que es de la variedad aparente de lo que no es. El mundo, como movimiento consciente es apreciado como una virtualidad que está sostenida en la conciencia, como una emanación de si mismo y por tanto no distinto de si mismo en esencia. Es pura conciencia en movimiento, presenciada desde si mismo. Si mismo que no tiene ubicación real, sino una ubicación aparente desde un cuerpo con el que se adquiere una perspectiva del mundo y el universo. Por eso el cuerpo, la mente y las emociones son instrumentos de percepción, son instrumentos o funciones de conciencia, no distintos de la conciencia misma, que otorgan un sentido, un punto de vista. Limitarse a dicho punto de vista es como mirar un paisaje siempre desde una misma ventana. Desprenderse de esa limitación equivale a salir de la casa y observar el paisaje ya no a través de la ventana, sino siendo uno con el paisaje. No dos, yo y lo observado, sino simplemente lo que Es. Al mirar de nuevo a través de la ventana de la persona, la comprensión y la felicidad de esta comprensión no se escabullen necesariamente, aunque sí podrían velarse mientras no se asienta por completo la maestría de la toma de conciencia de si mismo, es decir, que ya lo virtual no ocupe un lugar como si fuera real.
La felicidad, el sentir, ananda.
Ser Conciencia Felicidad, Sat Chit Ananda. Esta frase apunta a que sé que soy y siento felicidad en ello. Antes describí cómo la razón impone la necesidad de definir lo que soy dentro de un mundo donde estoy, y que en ello la felicidad, que es inherente a si mismo, queda oscurecida por la idea de que hay que encontrarla en las experiencias de interacción con ese mundo que he tomado por real y como diferente de mi. También describí que el sabio sabe que no es diferente del mundo, pero me falta decir que el sabio también goza esa felicidad inherente en si mismo, porque ya no la busca en las experiencias pero no evita las experiencias que el cuerpo tenga, sea cual sea la emoción emergente. El sabio que sabe lo que realmente es, comprende la relatividad del mundo manifiesto y la volatilidad de las emociones transitorias, y siente la felicidad de ser sin necesidad de etiquetarse y fragmentarse entre identidad y mundo, ni de definirse en base a ninguna emoción que surja o ningún hecho que parezca acontecer. Por eso, esta comprensión no sólo se muestra conduciendo la racionalidad, sino que está impregnada del sentir, un sentir que no es emoción motivada por las glándulas endocrinas, sino un sentir que es sentimiento profundo, inherente, unido a si mismo o no distinto de si mismo. Es un sentir pleno de si, felicidad a tope, paz total. Hasta que el sentir felicidad no esté aunado al saber de lo real, la duda puede surgir. Porque la felicidad es como el pulso mismo del corazón, es nuestra condición natural de ser y mientras queda oscurecida por la separación entre yo y mis experiencias, sigue dándose la necesidad de reconocerla. Es preciso penetrar profundamente en la comprensión y a la vez permitir que se muestre la brillante realidad del Ananda, el feliz placer de ser, que muestra que no hay ninguna necesidad de completarse con definiciones, logros, éxitos o transformaciones, ni ninguna clase de experiencia, porque lo que soy ya es pleno, siempre lo ha sido. Lo que soy no está condicionado por el nacer o el morir, no está clasificado por ninguna idea o juicio, no es dependiente del acontecer… y no se alcanza porque ya es. No sucede en el tiempo, sino que es lo que presencia el tiempo, el devenir, la manifestación consciente de la existencia de todas las cosas en si mismo y como expresiones de si mismo.
La mente produce la confusión, pero al principio la misma racionalidad me trae de regreso al punto en que me des-identifico… esa comprensión cierta de que no soy el cuerpo, no soy las emociones, no soy las acciones. La mente se puede considerar como nuestro más acérrimo enemigo o nuestro mejor amigo. Dejándonos encantar por las ideas, nos trae separación, pero usando la racionalidad de modo acorde, nos hace dueños del proceso. Usar la racionalidad en este sentido que nos lleva de la confusión a la luz, se refiere a haber aceptado la premisa del sabio: no eres el cuerpo ni la mente ni las emociones, haber comprendido enteramente lo que esto significa, y desde allí, proseguir en la entrega, la disposición, permitir que la gracia fluya y demuestre todo su esplendor de conciencia y ananda.
Al des-identificarme, al principio por medio de la comprensión racional, me entrego, y permito que fluya el sentimiento… esto es lo que se quiere decir que la mente pone el conflicto y la mente lo deshace. Ahí ya la mente está en su fuente y la identificación cesa. Se permite que el flujo de ser se demuestre como total, sin carencias, pleno como el corazón de todas las cosas.
Maria Luisa

Los bailes de Zorba el griego

Dice Zorba al final del primer baile: no, no estoy bien jefe, cuando un hombre está pleno, ¿qué le queda? ¡consumirse!
Dice luego… en medio del segundo baile: jefe, tengo tanto que decirle… nunca amé a un hombre tanto como a usted…. para, se acuerda y dice: ¡Ey jefe! ¿alguna vez ha visto un desastre más esplendoroso?

¡Las cosas pasan en la felicidad de Ser!

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