ILUSION

Voy en el metro desde el centro hacia la cordillera, un recorrido subterráneo entre un gentío apretado deseando llegar a destino, ansias de ver el paisaje urbano, el sol y el aire un poco más fresco.
Que esto y lo otro son una ilusión y pretender con eso evadirlo, cuando también el que quiere evadir, superar o trascender es una ilusión de igual peso, es la sustancia misma de la ilusión total. Contenidos en la conciencia, donde funciona el discernimiento que me separa de lo conocido.
Todo lo que sucede y lo que funciona, sucede y funciona en la conciencia. Aire ahogado, aire fresco, que me lleve el metro o me lleven mis pies, y me digo: ¿a dónde voy o soy llevada?
De esto soy consciente. Soy consciente de toda la gama de sensaciones, emociones y sentimientos, percepciones e ideas: la duda, la angustia, el dolor, el miedo, el placer, el alivio, la gratitud, la felicidad y los conceptos creados que acompañan a cada percepción. También la distancia, el tiempo, el pasado, el presente y el futuro… conceptos. Ruidoso, apretado, fresco, brusco, lento, transparente… percepciones sensoriales. Y aún así ahí está el deseo de salir de entre el tumulto y llegar a destino. Quietud, y lo veo.
Sensaciones, ideas, percepciones… conciencia.
Hasta aquí, se puede teorizar y más o menos asumir, todo esto, como una idea. De ahí en más, el asombroso e indescriptible conocimiento o “conocer” que por encima y por debajo, antes, durante y después de todo contenido en la conciencia… Soy. Este conocimiento alumbra con el haz de la atención, con una habilidad misteriosa, aspectos que se convierten en partes cuando interviene la función mental que hace posible la dualidad. En el trasfondo es evidente que no me he movido desde mi casa hasta la cordillera. Mi casa, cordillera, lo mío, lo que no es mío. Observo pasmada todos estos pensamientos.
Y está lo otro… la iluminación absoluta de todos los contenidos, a tal magnitud, que las medidas se pierden, las formas desaparecen, las sensaciones se convierten en una sola cuestión: Luz que se refleja, pura, prístina, brillante y como dicen los Vedas y otras referencias místicas… como la luz de miles de soles, que brillan pero no queman.
Iluminación de la cual sigo siendo consciente.
En el acto de ser consciente – y siendo conciencia que al moverme – acontece que la atención se apega a la primera sensación de ser. Así me subjetivo, de manera que en consecuencia inmediata, como un flash, lo percibido se convierte en el objeto. Eso es la dualidad. Así acontece que este mundo aparece a la existencia y me he identificado con un cuerpo que se mueve en él.
El festejo de respirar y notar las caras de miles de desconocidos desde cuyos ojos emana el mismo y único saber: “yo soy, yo veo”, un yo camuflado en tantos rostros. Aún así, cada cual mira hacia distintos lados, ignorándonos. Como un corazón cual racimo de uvas esparcidas y sin dueño.
Observando la dualidad, testificando los juicios, de la primera impresión de ser testigo, sucede que este es diluido y solo lo que soy queda, más allá del testigo. ¿Qué queda? Queda todo y no queda separación. De ahí que todo es el Si mismo y eso es lo real… y la consideración de objetos, sensaciones, percepciones y todo lo que se pueda nombrar, son ilusiones generadas por la impresión de separación de ellas.  Cuando no hay separación entre el observador y lo observado, o sea, cuando no hay juicios, cuando no hay idea de yo, cuando no hay división ni conflicto, ni nombres que me definan, solo el si mismo que soy, es.
 Y si hay juicios, separación, ideas, dualidad, conflicto y cualquier cosa… lo que soy sigo siendo, con el añadido de que se ha nublado la comprensión, apareciendo un mundo de diferencias y un yo que lo percibe.
El discernimiento espiritual, como un hacer al que se dedica la función racional, unido al silencioso observar que está siempre de fondo, permite, como primer paso (y último) traslucir las nubes del error de juicio, para entonces entregarse, irremediablemente, precipitado en las llamas de la hoguera que consume la ignorancia, retrocediendo la mente hasta su origen, dándose así la expresión libre al brillo espontáneo que, ultimadamente, aclara la confusión de haberme considerado lo que no soy.
Maria Luisa
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