Silencio de yo

Silencio de yo cuando la intención del pensar se recoge en su fuente…
Sentidos abiertos y unidad esencial de toda percepción…
Puedes sobrecogerte inesperadamente en un éxtasis indescriptible…
Arrebatado de lo que era tu mundo, siendo pura felicidad.
Pasa el impasse… y la razón vuelve, envolviendo tu mirada y dándote de lleno nuevamente el mundo que conoces, sacudido por pesares y temporales alegrías. Lo que quieres y lo que no quieres. Entonces te preguntas, “¿por qué se fue? Lo quiero de nuevo”. La racionalidad, ese don inherente al hombre, busca hilar finos conceptos, construyendo teorías como un collar de cuentas algunas veces llamado doctrina.
La razón puede ser inevitable, como también puede ser inevitable una vida desquiciada.
El sano juicio y el orden en esta vida de tiempo lineal se hacen imprescindibles para funcionar en armonía con lo existente. De manera que te preguntas una y otra vez: “¿cómo recuperar ese estado maravilloso donde los temores y pesares habían desaparecido?”
El sabio explica, con un razonamiento ya bastante asimilado y contrastado:
La felicidad es tu naturaleza intrínseca, por el solo hecho de ser. La mente, como proceso funcional inherente a ti, emana generando este mundo de dualidad. En la dualidad todo adjetivo tiene su contrario. Pero el hecho de que la mente emane de ti, se debe a que la “sustancia” que la conforma es de tu propia naturaleza: conciencia.
Cuando la mente, que presenta pensamientos contrastados por sus opuestos, se recoge en su origen, la conciencia esencial, al igual que el aliento se inhala luego de cada exhalación, la cualidad del éxtasis pleno se muestra inmaculado, sin el tinte del deseo, la culpa, el temor o la duda. La felicidad no es un producto, es permanente. Se conoce cuando el si mismo pierde el apego a toda definición de si mismo, puesto que se comprueba que nada tiene que alcanzar ni que perder.
El deseo de alcanzar y lograr se produce por el condicionamiento resultante de un aprendizaje aceptado como cierto y demandante. Has creído que armar una identidad con ciertas características era importante y necesario para ser feliz. Comprueba que tú eres quien le da sentido a todo, incluso a lo que guardas con tanto celo: tus creencias. Viendo así, puedes mirar tus condicionamientos con objetividad, comprendiendo cómo han  creado las estructuras por las que miras tu vida y con las que mides el devenir, aceptando y rechazando.
Has estado en lucha con los acontecimientos, a la espera de que suceda lo que se ajusta a tu estructura. Pero las estructuras de cada ego son diferentes y sin embargo la vida corre como un río, indiferente a las preferencias de cada uno. Es la máscara de hierro que estás sujetando entre tú y lo que miras, lo que te hace parcializar todo. La máscara de ese yo que has armado te separa de ti mismo, en forma tan absurda. ¿Cómo algo puede separarte de ti?
Es necesario que te veas libre de todo pensamiento, para que comprendas que nada de lo que esas ideas dicen puede en verdad decir algo acerca de ti. Los pensamientos pueden estar ahí, no desaparecerán por un nuevo deseo de que eso ocurra. Sin embargo basta con que los notes. Al notarlos, puedes saber que ellos no son tu cárcel, sino en la medida que tú les des sentido.
Así, si nada te define, nada te falta y nada tienes que hacer o dejar de hacer. Tú no eres el hacer, el hacer es un proceso que ocurre ante tu mirada. Tú eres Felicidad.
De este modo, el sabio, ante el anhelo presentado de que se muestre la ansiada plenitud, entrega, como una muestra de Gracia, el conocimiento que da la señal. Aceptando en recogimiento y recibiendo esta información, en silenciosa reflexión, me quedo a la escucha, para que la indicación recibida me toque profundamente y me despierte de este sueño en que me creí un ser sufriente, en necesidad de evolución y mejora. En silencio observo, escucho y descanso, permitiendo que el yo que he sostenido como identidad flote ante mi observación, sin juicios, claramente, como quien ve un reflejo, un espejismo, que parecía real y no lo era. Esto es Gracia. El anhelo de Verdad y la verdad reflejada, se hacen uno cuando los ecos se encuentran en el espacio de mi propia conciencia. No hay mayor éxtasis que el Si mismo, siempre pleno y presente como Ser que soy. 
Maria Luisa
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