Las flores de mi cosecha

(Foto: Mabel Cornago)
Como el Si mismo, que todo lo veo en silencio y al igual que un sol emano la luz más clara, uso una herramienta llamada atención con la que me muevo entre dos… o desde uno al otro… la mujer y el testigo.

La mujer tiene historia y anhelos, es hija, mamá, es amante, compañera, es amiga. Tiene un pasado, como una mochila. En esta mochila había en principio semillas, que durante la historia de la vida han ido germinando. Ahora, la mochila se hace pequeña, y más bien la veo como una cesta llena de flores variadas, hermosas… aunque en el fondo del recipiente también hay flores y ramitas ya secas, marchitas y hechas ceniza. Es la cesta de la cosecha de la vida.

La mujer la carga entre sus brazos, y observa y se admira de las flores en la superficie, y se entristece al reconocer las ramas secas. Sin embargo, más allá de ello, el testigo no se afecta. El testigo no carga nada, ni cesta, ni nada… el testigo es silencioso, y no va ni al lado, ni sobre la mujer… ni está dentro de la mujer, pero la conoce perfectamente como uno más entre los miles y millones de reflejos que conoce de si mismo. Es la acción hecha carne como mujer, la que refleja los rayos de luz que evocan y hacen visibles – iluminan – el recuerdo y las historias, los manojos de emociones y experiencias que dan vida a los contenidos que llenan su conciencia.

Es posible que esto no se entienda. Algunas frases, a veces, aparecen con mucha precisión debido al ímpetu racional que abona los contenidos de mi cesta, como flores racionales con su propio aroma, y que satisfacen determinado gusto y apreciación. Pero esta vez, mis flores son las que nacen del abono pasional, de ese Amor que resulta de los rayos de Luz.

Como mujer, intensamente emotiva y a la vez profundamente racional, he cargado, como una semilla cualquiera, con el ímpetu de vida, transformación y realización. Cierro los ojos y me siento niña, me siento igual que el más antiguo de mis recuerdos. Mi yo es la semilla de las semillas, la principal, y está representado por el conjunto completo de flores abiertas y secas, nuevas y viejas, fragantes o cenicientas.
La mujer carga la cesta del ego mientras el testigo no carga nada. Pero sin El, no hay cesta, ni mujer, ni yo.

Todas las semillas querían germinar y ver la luz como flores. Ver la luz del Si mismo. Es con un esfuerzo de crecimiento aparente, de empuje de logro, como si estas flores pudiesen creer que es desde la raíz hasta la apertura de los pétalos que han tenido alguna gestión, como la historia de la mujer que también soy ha buscado una realización de vida, de amor… pero es un reflejo en el espejo del Si mismo, que ha jugado a realizarse a Si mismo, aunque así se ha dado. La realización ya está, ya estaba y siempre es, porque el Si mismo es ya completo, total, iluminador.
Soy… y me muevo entre el testigo silencioso y el reflejo de mujer, hasta que el cuerpo lo permita, y seguiré recorriendo el camino, ofreciendo las flores a quien encuentre al paso… a esos otros reflejos de Mi misma. Las flores de mi cosecha, unas de racionalidad, otras de frases hechas, y otras… algún botón que solo emana el aroma, textura y colorido del amor.
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4 pensamientos en “Las flores de mi cosecha

  1. MARIA LUISA

    Mi queridos amigos que tan amablemente leen y además, comentan, muchas gracias por mencionar que están ahí y que reciben este compartir. Un cariñoso abrazo.

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