Yo-Yo y la Diversidad

Proliferan y se amplían los ámbitos del compartir desinteresado, o podría decir que movido por un interés que no va más allá del propio regusto por saborear la belleza intrínseca del Ser. Todos compartimos el mismo Ser esencial, este “yo” que señalamos al tocarnos el pecho, este que siente y conoce, desde lo más prístino y limpio, esa sutil hermosura que llevamos dentro (dentro o fuera…) desde el mismo momento en que reconocimos “yo soy” en esta vida.
La existencia es como un yo-yo… y es gracioso este símil, porque por un lado se refiere, recordando el tradicional juguete, al movimiento de exhalación e inhalación… o podría decir, de emanación y a la vez recogimiento… de movimiento que nace y muere… y por el otro, recuerda el constante señalamiento de Ramana Maharshi, el I-I… Yo-Yo… como referencia a que sólo el Ser Es… yo, primeramente, constantemente y ultimadamente. Es decir, una permanencia más allá del tiempo, donde todo lo que nace y muere es presenciado con total amplitud magnífica. Y lo más extraordinario de esto, es que Ese que presencia no es otro que mi verdadero Yo. Lo hace y lo ha hecho desde siempre y para siempre… no tocado por el tiempo ni confundido por los filtros de la mente o la identidad.
Volviendo al inicio de este tema, aumenta la expresión de muchas voces y miradas cuya instancia es revelar, mostrar, compartir, en una emanación impersonal aunque llena de “yo soy”, o sea, pura presencia del si mismo, sin ego porque el motor es el Amor, entendido el Amor como la fuerza del Ser y no como el apego a las formas. Mencionar “yo soy” es muy delicado, porque aunque en el fondo de los fondos no hay más “yo soy” que un Ser no dual, los juegos de Maya parecen mostrarnos a cada momento que “yo soy” es alguien separado de lo que ve y experimenta, y, una vez imbuido de esta ilusión, me creo un ser individual que lucha por forjarse el destino que se ha figurado. Es engañosa esta ilusión de separación, sin embargo descubrir esto nos ofrece la llave de comprensión que permite seguir el flujo de esta vida trazada, como un río, sabiendo de la dualidad inevitable que implica toda experiencia, sabiendo que no es posible deshacerse de ella, de esta dualidad, y aún así, permitiendo que mi honda mirada no se enturbie con la duda o el temor acerca de mi verdadera naturaleza no dual, intocada y eterna. Y mi punto de referencia conceptual es que en lo real que no es dos, se sostiene toda dualidad.
Desde el silencioso lugar solitario donde muchos tecleamos o leemos, sabemos con bastante certeza, gracias a esta herramienta llamada computadora, que no hay soledad sino una enorme gama de expresiones a lo largo de este planeta y que nos sostenemos unos a otros, como reflejos compartidos, donde la experiencia es universal, impersonal, mirada desde infinidad de ángulos. Porque el Ser es extraordinario, indescriptible, en este poder de hacerse a sí mismo hombre, transitando una vía, un río, un proceso, aunque con la opción de la constante recordación de “ser El que soy”. Y esta certeza, en la soledad que no es solitaria, se muestra con evidencia cuando, al dar un paso atrás como lo haría un testigo no involucrado, se observa todo el movimiento de la manifestación, de las formas, de los nombres, es decir, de la mente, y se comprende que todo ello existe gracias a la conciencia que de ello tiene el si mismo, yo… quien realmente soy.
Silencio y soledad en esta presencia, lumínica y poderosa… sostiene todas las percepciones y también las suelta, porque ellas, las percepciones sensoriales, vienen y se van. Yo me mantengo siendo, porque mi presencia como base de toda existencia es inmutable y nunca vino de ningún lado. Soltar el amarre a la memoria que me da identidad puede sonar aterrador, pero el sí mismo sabe lo que “hace”, y si permite que la identidad se vaya, así sea por un momento, para auto-revelarse en su infinita realidad, es porque sabe lo que es mejor, y si el bien es retomar la identidad, así será. Esto me recuerda un antiguo poema, escrito desde la dualidad de la búsqueda, que para finalizar, recogeré del baúl de los recuerdos.
Volaré
Me sentaré a empollar mis alas.
Cuando ellas salgan, serán primero como un pequeño embrión,
un gusanito que buscará estirarse,
y en el estiramiento
se irán desplegando
junto con todas mis ideas,
y mis alas, mis brazos, mis miembros,
se estirarán con ellas,
buscando un más allá.
Más allá de mí,
un fuera de mí,
una extensión de mi alma,
para poder despegarme,
y salir flotando,
o a flote,
y volaré, y me alejaré, ida y vuelta.
Y estando lejos
voltearé
miraré primero al mundo
y luego viraré
me miraré,
compararé,
y verificaré,
o dudaré y quizás me pierda,
me entrará el temor de no reconocer el camino de regreso,
y tal vez me aterre por perderme,
pero si vuelo alto,
y mi alma está conmigo
no debo temer,
pues trataré de llegar tan alto,
hasta Dios,
o hacia Dios,
y si no lo alcanzo, al menos estaré más cerca,
y me acompañará, y El dirá.
El me indicará el camino,
y si el bien es volver, regresaré renovada,
seré nueva y entraré de nuevo en mi cuerpo,
en mi vida,
y no seré la misma.
O si.
Gracias a todos los que comparten miradas, ya sea en búsqueda o mostrando los tesoros encontrados, porque en esta maravilla milagrosa que llamamos vida, lo que se toma como Maya o ilusión, no es más que Lilah o un juego del Ser, experimentándose a si mismo en sus infinitas posibilidades. Besos a todos.

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